Recuerdo que una de las charlas más interesantes que recibimos en el Curso de dos años del Asesoramiento Filosófico en Madrid fue recibida por mí como un tema aparentemente sin importancia. En ella se nos hablaba sobre la trascendencia de que en algún momento de la vida necesitamos prescindir de hábitos que nos marcan de tal manera que nos aprisionan, y con los que convivimos como una segunda personalidad, creyendo que nunca vamos a poder desligarnos de ellos.
Ejemplos: fumamos desde los 16 años y creemos que nunca podremos dejar de hacerlo. Nos emborrachamos muchos fines de semana y lo consideramos normal. Estamos enganchados a algún tipo de hábito negativo como no hacer deporte, ver muchas horas de televisión o internet, o pasarnos horas sin estudiar ni leer. En fin: aquí cada uno de nosotros podría escribir su propio mal hábito. ¿Te han aparecido varios? Además, todos ellos como fantasmas, cargados de un sentimiento oscuro y difuso que no te permite romper con ellos y volver a empezar.
El primer paso: imagínate sin ellos
El día de hoy te propongo un primer paso filosófico. Consiste en imaginarte cómo serías sin ese hábito. ¿Cómo serías sin fumar? Serías una persona que ahorraría cientos de euros al año, que tendría mejor salud, mejor aliento, que disfrutaría de los sabores reales de las comidas. Alguien que invertiría en años de vida al evitar enfermedades graves, y que alegraría a quienes conviven con él o con ella.
Se trata de demostrarte a ti mismo — como un espectador sentado en la butaca de un teatro — la otra vida, la maravillosa obra que sería tu existencia si en el escenario estuvieras actuando tú sin ese o esos malos hábitos que probablemente te hacen sentir infeliz, sin voluntad o atrapado. Contempla ese otro personaje que puedes ser. Y empieza por uno. Por el que consideres más urgente para ti y para quienes conviven a tu lado.
Por qué los hábitos son tan difíciles de cambiar
La filosofía lleva siglos ocupándose de esta pregunta. Aristóteles ya distinguía entre el hábito como segunda naturaleza: aquello que hacemos con tanta frecuencia que deja de parecernos una elección y se convierte en algo que simplemente «somos». Eso es precisamente lo que hace tan difícil el cambio: no se trata solo de fuerza de voluntad, sino de identidad.
Cuando alguien dice «soy fumador» o «soy de los que nunca hacen ejercicio», no está describiendo un comportamiento. Está describiendo quién cree que es. Y ahí está el nudo filosófico del problema: cambiar un hábito exige, antes que nada, cuestionar esa identidad.
La trampa de la normalización
Uno de los mecanismos más peligrosos de los malos hábitos es la normalización. Con el tiempo dejamos de verlos como algo negativo porque simplemente forman parte de nuestra rutina. El asesoramiento filosófico trabaja precisamente en este punto: en ayudarte a tomar distancia de lo que das por sentado para poder verlo con claridad.
No se trata de juzgarte. Se trata de preguntarte: ¿este hábito me acerca a la persona que quiero ser, o me aleja de ella? ¿Lo elegí libremente en algún momento, o simplemente lo heredé, lo imité, o lo adopté sin darme cuenta?
Tres preguntas filosóficas para empezar
Si quieres dar el primer paso hoy, te propongo que te hagas estas tres preguntas con honestidad:
1. ¿Qué me da este hábito que no me atrevo a buscar de otra manera? Los malos hábitos casi siempre cubren una necesidad real: alivio del estrés, conexión social, evasión, placer inmediato. Identificar esa necesidad es el primer paso para encontrar una alternativa.
2. ¿Cómo sería mi vida dentro de un año si nada cambia? A veces la mejor motivación para el cambio es proyectarse hacia adelante y ver con claridad el coste de la inercia.
3. ¿Qué versión de mí mismo quiero que me represente? No se trata de ser perfecto. Se trata de elegir conscientemente quién quieres ser, en lugar de dejar que los hábitos lo decidan por ti.
El cambio no requiere fuerza de voluntad: requiere claridad
La visión popular del cambio de hábitos lo reduce a fuerza de voluntad. Pero la experiencia del asesoramiento filosófico muestra otra cosa: las personas que logran transformar sus hábitos no son necesariamente las más disciplinadas. Son las que han logrado ver con claridad por qué ese hábito ya no encaja con quiénes quieren ser.
No te desanimes. Crea al menos dentro de ti la posibilidad del cambio, de verte de otra manera, de representar esa obra de vida sin ese hábito que te pesa. El primer paso no es dejar de hacer algo. Es atreverte a imaginar que puedes.
¿Tienes un hábito que quieres cambiar pero no sabes por dónde empezar? El asesoramiento filosófico puede ayudarte a identificar qué hay detrás de él y encontrar tu propio camino hacia el cambio. Primera sesión gratuita.

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