Aprender a gustar y oler: recuperar el placer de los sentidos

La sabia naturaleza nos ha dado el gusto y el olfato para orientarnos en el mundo: para reconocer lo que nos nutre y alertarnos ante lo que nos perjudica. Pero en la vida cotidiana, estos dos sentidos son quizás los más ignorados, los más apresurados, los que menos tiempo les dedicamos.

Recientemente, comentábamos que un alto porcentaje de los anuncios en los medios son de perfumes. Parece que si usas el efluvio que promocionan artistas y modelos, te parecerás más a ellos. Sin desmerecer de la limpieza diaria y la necesaria pulcritud social, me pregunto si estamos realmente conformes con nuestro propio olor. Es, en el fondo, otra manera de estar conformes con nosotros mismos.

En mis primeros años de internado me decían que «debíamos oler a limpio». Sí, pero todos tenemos ese olor personal que hace que una persona se enamore de otra y no de una tercera, que cada perfume huela distinto en cada piel, y que cada pareja encuentre una atracción especial gracias a las feromonas y al aroma propio.


Vivir con prisa es vivir sin sentidos

Uno de los efectos más silenciosos de la vida moderna acelerada es la anestesia sensorial. Comemos rápido, sin saborear. Caminamos sin percibir los olores del entorno. Bebemos sin detenernos en el aroma de lo que tenemos en la taza. Todo se convierte en un trámite, y los sentidos — que deberían ser ventanas al placer y a la presencia — se convierten en meros instrumentos de supervivencia.

La filosofía epicúrea, que con frecuencia se malinterpreta como hedonismo superficial, proponía en realidad algo mucho más refinado: aprender a disfrutar de los placeres simples con plena conciencia. No la acumulación de sensaciones, sino la profundidad con que nos entregamos a cada una de ellas.

Comer despacio, en compañía, conversando. Percibir el aroma del café antes del primer sorbo. Notar el olor de la lluvia sobre el asfalto en un día de invierno. Estos pequeños actos de atención sensorial son, filosóficamente hablando, actos de presencia — y la presencia es la base de cualquier vida bien vivida.


El olfato: el sentido más olvidado y el más poderoso

De todos los sentidos, el olfato es quizás el más misterioso. Es el único que conecta directamente con el sistema límbico — la parte del cerebro encargada de las emociones y la memoria. Por eso un olor puede transportarnos instantáneamente a un recuerdo de hace veinte años con una precisión que ninguna imagen logra igualar.

El olor del pan recién horneado, el perfume de una persona querida, el aroma del mar o de la tierra mojada después de la lluvia. Todos estos olores llevan incorporadas historias, emociones, personas. Prestarles atención es, en cierta medida, prestarle atención a nuestra propia vida interior.

¿Cuándo fue la última vez que te detuviste a oler algo con plena conciencia, sin prisa, sin otro propósito que simplemente estar presente en esa experiencia?


El gusto como práctica filosófica

La gastronomía ha sido durante siglos un campo de reflexión filosófica. Brillat-Savarin, el gran teórico de la cocina francesa, afirmaba que el placer de la mesa es de todos los tiempos y de todas las edades, y que es el último que nos queda cuando los demás se han ido.

Aprender a gustar no es una cuestión de sofisticación ni de acceso a ingredientes caros. Es una cuestión de atención. De comer sin pantallas, sin prisas, notando las texturas, los sabores, los matices. De agradecer lo que hay en el plato antes de vaciarlo.

En muchas de las sesiones de asesoramiento filosófico, cuando hablamos de bienestar y calidad de vida, acabamos hablando de los pequeños placeres cotidianos que hemos dejado de percibir. La recuperación del gusto y el olfato como experiencias conscientes es, con frecuencia, uno de los primeros pasos hacia una vida más presente y más plena.


Un ejercicio para esta semana

Te propongo algo concreto: elige una comida esta semana — puede ser la más sencilla — y cómela sin distracciones. Sin móvil, sin televisión, sin pantallas. Percibe el aroma antes de empezar. Mastica despacio. Nota los sabores. Observa cómo cambia la experiencia cuando le prestas atención.

Y si puedes hacerlo en compañía, mejor. Porque el gusto y el olfato son sentidos profundamente sociales — los compartimos en la mesa, en la celebración, en el duelo. Recuperarlos es, en cierta medida, recuperar también la calidad de nuestras relaciones.

Aprendamos a aceptar y disfrutar de los olores, de las fragancias, de los aromas que nos trae una persona, una comida, un amanecer lluvioso de invierno. Aprenderemos a gozar más de los sentidos que gratuitamente nos da la vida.


¿Sientes que vives de manera apresurada y que has perdido el contacto con los pequeños placeres del día a día? El asesoramiento filosófico puede ayudarte a recuperar una vida más presente y consciente. Primera sesión gratuita.

4 comentarios en “Aprender a gustar y oler: recuperar el placer de los sentidos”

  1. jjeje me pillaste César!
    Te puedes creer una cosa? aún no ví Ratatouille… pero cazaré ese ratón.
    Bueno, voy a leer tu siguiente entrada.

  2. No vayeciyos, no se acabaron todos los sentidos, queda el más dificil de entender de todos, el sexto sentido del que disponen las mujeres!!

  3. La comida… aprende uno a comer con prisas y cuesta mucho disfrutar del sabor, y se pierde así mísmo el placer de una buena conversación en familia o entre amigos.

    Ya están todos los sentidos…. ¿qué será lo próximo?

    Un saludo desde Jérez!

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